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15 de Marzo 2016 - 7:48 hs
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Hoy se realiza un acto en la Plaza de la Shoá

“La Shoá me rompió en seis millones de pedazos”

Lo dice Eugenia Unger, una sobreviviente de Auschwitz. Infojus Noticias la entrevistó junto a Lea Novera, que también logró escapar de ese campo de exterminio nazi, en la antesala del Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto. Las dos aseguran que sobrevivieron por una sola razón: para contar el horror que les tocó vivir.

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Por: Infojus Noticias

Lea Novera y Eugenia Unger tienen algunas cosas en común. Nacieron en Polonia, en 1926, y son sobrevivientes de la Shoá (Holocausto). Ambas llevan en su brazo un número que les tatuaron al ingresar a Auschwitz, el principal centro de exterminio que funcionó durante la Segunda Guerra Mundial. Sus familias forman parte de las más de seis millones de personas que murieron en las cámaras de gas. A 71 años de la liberación de los campos nazis, mañana se conmemora el Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto. Hoy, a las 18.30, habrá un acto alusivo en la Plaza de la Shoá, en Libertador 3851, organizado por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, junto al Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, el Ministerio de Educación y Deportes y el Capítulo Argentino de la Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto.

Los años felices

Lea y Eugenia aseguran haber sobrevivido por una sola razón: para contarlo.

Desde su departamento de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Eugenia cuenta sobre sus primeros años en Varsovia, donde nació en el seno de una familia judía acomodada. “Tuve una infancia muy feliz”, asegura. Amaba bailar y por sus llamativos rulos la apodaban Shirley Temple, la actriz de quien tiene una foto en su comedor. Cuando comenzó la guerra, Eugenia tenía trece años y recién había terminado la primaria.

Lea nació en Bialystok, al noreste de Polonia. Esa ciudad quedó en manos de los soviéticos al estallar la guerra, razón por la cual su familia recién sufrió el nazismo en 1941. Lea suspira y con los ojos brillantes de alegría, comienza a hablar sobre su infancia, el amor de su familia, la casa de sus abuelos, el juntar frutillas y arándanos en los bosques de pino. “Mi abuela me daba leche de la única vaca que tenía. Me la servía tibia con un pedazo de pan de centeno que cocinaba en su horno de barro. Todo ese cariño aún hoy lo puedo sentir”, cuenta a Infojus Noticias y señala una fotografía que sobresale de una mesa de su comedor. Es la única foto que tiene con su hermana menor, Henia, antes de la guerra. “Fue tomada algún verano en el jardín de la casa de mi abuela, bajo el árbol de cerezas. Mi hermanita corrió detrás mío, en la entrada del campo de concentración. La agarraron y la tiraron al camión, junto con mi mamá”.

Aunque le cueste decirlo, para Lea esos fueron los únicos años felices de su vida. “Después de la Shoá, nunca más fui feliz”, afirma.

La resistencia

Con el avance del nazismo, Lea y Eugenia vivieron dos años en los ghettos: Lea, en Pruzhany, y Eugenia, en Varsovia. Allí pasaron frío y hambre, pero se las arreglaron para resistir a través del contrabando de alimentos y mantener lo cotidiano. “Reuníamos a los más chicos y les enseñábamos como si fuera la escuela”, contó Lea, que también logró escaparse del ghetto algunas veces para llevarle un poco de pan a su familia.

En Varsovia, los hermanos de Eugenia fueron parte de la resistencia armada y murieron luchando en el levantamiento del ghetto. “Eso nos dio dignidad a todos. Sabíamos que era David contra Goliat y, sin embargo, decidimos luchar contra los enormes tanques. No fuimos como ovejas al matadero, luchamos todos, como pudimos”, relató Eugenia, triste, pero llena de orgullo.

El horror

“Lea corré”: esas fueron las últimas palabras que escuchó de su madre, en la entrada a Auschwitz. Y eso hizo, casi como un instinto. Logró ubicarse en la fila de mujeres destinadas a los trabajos forzados y así, con la ayuda desinteresada de otras mujeres que la protegieron, logró sobrevivir. Muchos años después, volvió a visitar los campos donde estuvo prisionera y sobre ese último recuerdo de su madre prometió no cansarse nunca de contar, para que lo que le pasó a ella, no le ocurra a nadie más.

Con los ojos cerrados, Eugenia recordó sus años en el campo de exterminio. “Nos ponían en los patios, le pegaban al que se movía. Yo veía todo porque me ponían en primera fila. A veces pienso que fue a propósito, para que lo pudiera contar”. Pese a todo, ambas coinciden en que lo más importante, lo que las salvó, fue haber logrado mantener su humanidad y nunca olvidarse de quiénes eran.

La liberación

A diferencia de lo que se cree, tras las marchas de la muerte y la liberación de los campos, los sobrevivientes quedaron desamparados. Eugenia logró llegar a Italia, donde conoció a su esposo. Vivían en un campo de refugiados, dormían en el piso y tuvieron que pedir limosna en las calles. “Hablo con bronca porque nadie se ocupó de nosotros ni antes ni después de la guerra”, relata.

Para Lea, el fin de la guerra fue uno de los momentos más trágicos de su vida. “Nunca sentí tanta soledad. Sobreviví con mi tía, de 28 años. Fue el día más desdichado de mi vida. Nos miramos las dos y dijimos: ‘Y ahora qué’. Estamos solas en el mundo”, comparte.

Después de dos años, ambas lograron llegar a la Argentina. Eugenia intentó primero emigrar a Estados Unidos, pero le negaron el ingreso. Tiempo después, con su hijo de un año, consiguió documentación para vivir en Argentina. “Llegar a Buenos Aires no fue fácil, porque no teníamos nada. La vida fue muy dura, pero éramos por fin libres”, dice, al tiempo que agarra una bandera argentina que cubre uno de los sillones de su comedor.

Lea, en cambio, no quería formar una familia. “Evidentemente la vida es más fuerte que la muerte, y vino un negro que me convenció. Me casé y tuve dos hijos y cinco nietos”, cuenta entre risas, señalando a cada uno de sus nietos en las múltiples fotografías que adornan su casa.

Al principio no fue fácil. Cuando se casaron no tenían nada, pero de a poco lograron salir adelante. Su marido era mecánico y volvía muy tarde de trabajar. Lea se ocupaba de las tareas del hogar y de cumplir su sueño: estudiar. “Al principio no sabía decir una sola palabra en castellano, aunque siempre me gustó. Mi sueño era ser historiadora y hablar muchos idiomas”, asegura.

La memoria

“La Shoá me rompió en seis millones de pedazos”, remarca Eugenia. “Nunca quise volver a Polonia a llorar la tierra de sangre y cenizas. Pero escribí cuatro libros sobre lo que me pasó y estoy siempre para el que quiera escucharme”, dice, y muestra numerosos cuadros y objetos con reconocimientos, otorgados por instituciones de todo el país y el mundo.

Lea sí volvió a Polonia, para acompañar y contar su vida a un grupo de estudiantes. También publicó un libro, “Historias de mi mochila”, con sus vivencias durante la guerra. “La memoria facilita la vida. La historia es la base de todo. Eso es lo que me salva: la historia”.

Y agrega una enseñanza para los jóvenes: “En el mundo no hay privilegiados. Somos todos iguales. Luchen en contra de la discriminación, ayuden al que es perseguido injustamente y nunca, pero nunca, olviden. Esto no puede repetirse y por eso yo dejo mi legado”.

 

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