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1-11-2015|10:00|Lesa humanidad Nacionales
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Perfil

Luis María Castellanos, el asesor de prensa del almirante Massera

Autor de poesía y periodista del diario Noticias, en 1978 fue uno de los que trabajaron en las oficinas donde se tramaba la publicidad del ex jefe de la Armada. El objetivo era convertirlo en un líder político. En democracia siguió trabajando para la Armada y fue periodista en la revista La Semana y los diarios La Capital y La Prensa.

  • Castellanos entrevistó a Dante Gullo.
Por: Osvaldo Aguirre

Escribió poesía, publicó notas de investigación sobre la represión durante la última dictadura y ganó un prestigioso premio de ensayo periodístico con una refutación de la tesis de Francis Fukuyama sobre el fin de la historia. En el revés de esa trayectoria, por la cual trabajó en diversos medios gráficos, radiales y televisivos, Luis María Castellanos guardaba una historia oculta: su trabajo como asesor del almirante Emilio Eduardo Massera.

Miriam Lewin lo denunció en 1985, en su declaración durante el juicio a las Juntas Militares. “Luis María Castellanos trabajaba junto con los periodistas Guillermo Aronin y Víctor Lapegna en las oficinas de prensa de Massera”, dijo. Más tarde se agregarían los nombres de Edgardo Arrivillaga y Héctor Sayago como parte de esa oscura redacción.

Nacido en Rosario en 1943, Castellanos se inició como periodista en el diario La Capital. Tenía relaciones en el ámbito literario: editó su propia revista, Alto aire, y colaboró en El Ornitorrinco, que dirigía Abelardo Castillo, con traducciones de Dylan Thomas. A principios de los 70, se radicó en Buenos Aires.

De Noticias a la ESMA

En 1974 trabajó en Noticias, el diario de Montoneros. Tal vez esa experiencia lo ayudó para entrevistar en mayo de 1984 a Jaime Dri, en México. La nota se publicó por entregas en la revista La Semana, de la que era prosecretario de redacción, bajo el título “Yo escapé de la Escuela de Mecánica de la Armada”.

Castellanos no solo había cambiado de trabajo en esa década. Entre 1978 y fines de la dictadura integró el grupo de periodistas que rodeó a Massera y lo asesoró en sus planes de convertirse en un líder político.

Miriam Lewin lo conoció a principios de 1979, cuando estaba prisionera en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y fue destinada por los militares, junto con otros detenidos, a realizar trabajo esclavo. “Castellanos y Víctor Lapegna integraban el núcleo duro del área de prensa de Massera. Desarrollaron una muy buena relación con el hijo del almirante, Eduardo, y con Jorge Radice que había sido operativo de la Esma”, recuerda ante Infojus Noticias.

Castellanos y Lapegna actuaban entonces como asesores y enlaces de Massera con medios de prensa y dirigentes políticos. “Le organizaban encuentros con periodistas extranjeros. Alguno de ellos fallidos, por ejemplo, con un periodista del New York Times –agrega Lewin-. En tren de diferenciarse, Massera hizo declaraciones críticas de la política económica de Martínez de Hoz, y entonces Lapegna y Castellanos lo acercaron a Adolfo Silenzi de Stagni, un defensor de los intereses nacionales en el petróleo”.

Reconversión y operaciones de prensa

El propio Massera alquilaba el departamento donde trabajaban los periodistas, en Cerrito 1126. “Estaban totalmente identificados con el plan de la Armada, además de saber que yo era una desaparecida de la ESMA”, dice Lewin, quien recuerda haber presenciado diálogos donde los periodistas hablaban con Jorge Radice sobre el asesinato de Elena Holmberg y la desaparición de Eduardo Suárez, uno de los integrantes de la Agencia Clandestina de Noticias (Ancla).

Con la democracia, Castellanos publicó notas e investigaciones en La Semana sobre temas como el funcionamiento de la Secretaría de Inteligencia del Estado o el dossier “López Rega, Aníbal Gordon y la historia negra de la Triple A” (a raíz de la detención de Aníbal Gordon). También entrevistó a Luciano Benjamín Menéndez –de quien dio un retrato favorable, presentándolo como “hombre de palabra escasa, aspecto taciturno y convicciones sólidas”- y a Dante Gullo, cuando salió de prisión.

Pero lo más sorprendente fue la entrevista que obtuvo con Jaime Dri y otro dossier: “Así trabajaron para Massera los montoneros detenidos en la Esma”. Fue una de las primeras notas que instaló el mito del pacto entre la Armada y Montoneros.

La crónica sobre la ESMA invertía los hechos denunciados por las víctimas: presentaba el trabajo esclavo de los detenidos como parte de una negociación con los represores, un experimento ideado por Jorge “Tigre” Acosta y finalmente frustrado por una supuesta estrategia desplegada por los militantes. Decía que los detenidos formaban un “gabinete en las sombras” y sugería que estaban en pie de igualdad con los marinos. El relato se basaba en declaraciones de fuentes no identificadas y en el montaje de frases entresacadas de denuncias ante organismos internacionales, como la que presentaron Alicia Milia de Pirles, Sara Solarz de Osatinsky y Ana María Martí y podía ser leído como un nuevo capítulo de los enfrentamientos entre Radice y Acosta, notoriamente malparado en el dossier.

Premiado

Castellanos se fue de La Semana cuando Samuel Gelblung dejó la dirección de la revista y junto con Lapegna, fue uno de los editores de El Informador Público, el semanario dirigido por Jesús Iglesias Rouco en los ‘80. A fines de esa década fue columnista de La Prensa y se sumó a la fundación Felac, que dirigía Alberto Kohan. “Volví a verlo en el cierre de la campaña presidencial de Menem, en la explanada del Hotel Provincial, cantando la marcha peronista. Estuvo en el entorno de Menem”, dice Lewin..

En 1992 obtuvo el premio de ensayo periodístico del diario La Nación, por la serie de notas “Fin de la historia y nuevo desorden mundial”, que republicó en 1994 en la revista de la Escuela Nacional de Inteligencia, órgano por entonces de la Secretaría de Inteligencia del Estado. Sus fuentes de trabajo siguieron ligadas a esos sectores.

“La historia de su colaboración con Massera lo jodió mucho. En los 70 estuvo en la izquierda combativa. Trabajó con Massera como lo hicieron muchos periodistas, pero no formó parte de su proyecto, a diferencia de Lapegna. Después no se lo bancó”, dice Jorge Boimvaser, quien trabajó con Castellanos en El Informador Público.

“En sus últimos años dejó de atender los teléfonos. Tuvo una época de crisis que la pasó entre enfermo y deprimido. Le dio mucho a la bebida y tenía síntomas de delirium tremens. Era difícil distinguir, en lo que contaba, lo que era cierto del delirio. Me enteré de su muerte en 2008”, agrega Boimvaser.

En su libro Historia secreta de El Informador Público (1988), Boimvaser recuerda charlas con Castellanos sobre “cuáles son los límites a los que debe llegar un periodista para no caer detrás de esa línea imaginaria que divide la profesión por un lado y el trabajo de preservativo inconsciente, pero preservativo al fin, de intereses que uno no siempre sabe desmenuzar, por el otro”. Por entonces, sin embargo, Castellanos había llegado a un punto en el que no tenía, o no quiso tener, retorno.

OA/PW

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