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19-10-2015|16:25|Muestra Opinión
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De Malvinas a Bolivia: nadar la Soberanía

Hasta el 31 de octubre se puede visitar la muestra fotográfica “Un baño de humildad. María Inés Mato en Malvinas”, que se exhibe en el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, en el Espacio Memoria y Derechos Humanos (ex Esma). Las imágenes fueron tomadas el 21 de marzo de 2008, cuando la nadadora recorrió los ocho kilómetros del estrecho de San Carlos.

 

Cuando Bolivia recupere la salida al mar vuelvo a nadar. Ahí.

   Eso lo dije en abril del 2008, pocos días después de haber atravesado a nado el estrecho de San Carlos, entre las islas mayores del archipiélago de Malvinas, de oeste a este, en una imposible línea recta.

   Sorprenderá esa puesta en paréntesis de un deporte que durante tres lustros me llevó a unir  Inglaterra y Francia, Dinamarca y Alemania, España y Marruecos, Chile y Argentina, a rodear Manhattan o una isla de El Cairo, a investigar desde la ciencia cuál es la economía energética necesaria para nadar en los glaciares patagónicos o en la Antártida, para volver siempre al Paraná.   

   Después de haber nadado tanto, por qué dejar de nadar. Y por qué dejar de hacerlo justo allí, en Malvinas.  Lo previsible es que transcurran otros tantos lustros para que las aguas del Pacífico me alberguen.  

   Pero no se trataba de un desafío, sino de una suerte de apuesta o de conjuro.  Siempre comprendí  al joven cineasta Werner Herzog quien, conmovido por la enfermedad de su maestra decide ir a verla, caminando en línea recta desde Munich a París, “con la firme creencia de que ella seguiría con vida si yo iba a pie”.  Estar conmovido…

    Yo, en cambio, tenía la firme creencia de que si suspendía mi natación, Bolivia recuperaría, algún día,  su salida al mar.  O mejor, había decidido que esa última brazada dada en Malvinas se estirara hasta un porvenir incierto, el de la soberanía, y que, en todo caso, el reclamo de una  salida al mar para Bolivia no era sino la misma canción,  otro modo de entonar el mismo derecho de la Argentina sobre nuestras islas.

    Saturado como está, el deporte (en todas sus formas) de consignas publicitarias y narcisismos a la carta se tiende a olvidar su dimensión performativa, ese punto genuino en que una acción deportiva no representa algo, no glorifica una personalidad, sino que urde, concibe, repara.

    Tanto soñé contigo,/ caminé tanto, hablé tanto,/ tanto amé tu sombra, dice el poeta surrealista repetidas veces hasta el punto que su voz se funde con la mía, y el sueño del amor es Malvinas.  Eso soñé. Soy de la generación de la guerra, mis compañeros mayores de la escuela secundaria estaban allí; mi vecino, en el Belgrano, muerto.  La natación en aguas frías me sirvió simplemente para “ver claro”, para sentir que el  agua es una suerte de memoria maleable que guarda lo experimentado por otros. Que no olvida.

    Y allí fui: a sentir.  No nadé las islas del sentimiento sino las islas sentidas. No las aguas del estrecho sino el mar austral adoptando el aspecto de una montaña, de una llanura, adoptando la fuerza de la corriente infranqueable, plegándose el agua en capas como un hojaldre desafiando todo entendimiento posible. Tanta agua escurrida entre las manos para poder avanzar, de una orilla, a la otra!

     Me han dicho varias veces que se trata de poesía: eso que vos haces es poesía. No lo creo tanto, las narrativas deportivas tienden al reduccionismo del lenguaje técnico, los discursos sobre la soberanía al tono jurídico. Mi natación en Malvinas fue la ocasión latinoamericana de un nuevo modo de vivir juntos.

MIM/PW 

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