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14 de Marzo 2016 - 22:15 hs
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30-4-2014|18:20|Lesa Humanidad CórdobaProvinciales
La causa tiene 52 imputados y ya pasaron más de 200 testigos

La Perla: cuando los familiares de las víctimas reconstruyen el horror

El padre de Pablo Ponza desapareció cuando él era bebé. La hermana de Roberto Landaburu fue asesinada por los militares. Los dos declararon en el megajuicio de La Perla. Contaron el impacto que dejó en sus familias la tragedia del terrorismo de Estado.

  • Pablo Mariano Ponza fue el testigo 271 del juicio que se desarrolla en Córdoba. Télam
Por: Juan Manuel Mannarino

En la audiencia 141 del megajuicio La Perla, fue el turno de los testigos directos: declararon familiares de víctimas de la última dictadura cívico militar. Abrió la jornada Pablo Mariano Ponza, único hijo de Ernesto Edelmiro Ponza, ex militante del  Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) que estuvo detenido en el centro clandestino “La Perla” y aún se encuentra desaparecido. Pablo contó que  tenía sólo un par de meses cuando secuestraron a sus padres de la casa donde vivían. Fue el 14 de mayo de 1977. Que lo llevaron, siendo bebé,  a casa de su abuela materna, golpearon la puerta y ahí le dijeron  “tome a su nieto y críelo bien”.

-Mi madre fue liberada al día y medio, y mi padre permanece desaparecido. Ésa es mi historia- les dijo a los jueces.

Ernesto Ponza nació el 17 de septiembre de 1953 en la ciudad de Córdoba. Estaba casado, trabajaba como empleado privado y estudiaba Ciencias de la Información en la Universidad Nacional de Córdoba. Cuando desapareció, tenía 23 años.

Luego fue el turno de Mónica Flores, madre de Pablo y exmujer de  Ernesto Ponza. Contó que fue testigo del secuestro de su esposo. Ella misma fue secuestrada unas horas antes de él, el 14 de mayo de 1976 en la vía pública. Su testimonio pareció la reconstrucción de una película de terror.  Dijo: “En medio de insultos me tiraron al suelo y me llevaron a la rastra. Pararon un auto y me subieron.  Los vecinos salieron a los balcones y ellos les gritaban 'Métanse adentro hijos de puta!'. Luego me pusieron una bolsa de plástico en la cabeza y gritaron ‘¡Vivan los novios!’, como para engañar al público que se había reunido. El hombre que parecía comandar la operación estaba sentado adelante y se reía. Me dijo 'Vamos a la Perla', yo desconocía a que se refería pero me imaginaba que era un campo de concentración".

A Ernesto, en su militancia, le llamaban Felipe y en su vida cotidiana “le decíamos el Gordo”, concluyó Flores, y “era un líder nato, una persona muy expresiva, muy vital, muy alegre, brillante, de una gran lucidez". Por último, declaró la hermana de Ernesto, María Ponza, quien dijo que a comienzos del año 1977 la familia había sufrido un allanamiento de los militares. Dos meses después la patota se llevó a Ernesto de su domicilio en Barrio Argüello. Y contó que lo buscaron por todas partes.  "La respuesta por parte de las autoridades sugirió que lo habían secuestrado sus propios compañeros. Eso era raro, porque sus amigos o estaban muertos o estaban presos", relató.

Los Landaburu, una familia castigada por los militares

Tras la historia de Ernesto Ponza, declaró Roberto Landaburu como testigo del secuestro de su hermana, Elsa Alicia Landaburu, ocurrido el 28 de marzo de 1976. Elsa Alicia fue secuestrada junto a otras personas en un domicilio del Barrio Alta Córdoba. Luego la asesinaron y disfrazaron su crimen como  un enfrentamiento fraguado.

El cuerpo de Elsa Landaburu apareció junto al de su compañero Hugo Osvaldo López y otros militantes el 2 de abril de 1976, en cercanías del Colegio Nacional Manuel Belgrano. Numerosos testigos afirmaron que estuvo secuestrada en Campo de la Ribera.

Roberto contó que tiene otra hermana que también está desaparecida: Leonor Landaburu, que estaba embarazada de siete meses y fue secuestrada junto a su compañero. "Aún seguimos buscando a mi sobrino", dijo, entre sollozos.

Y luego agregó: "Fue un golpe muy fuerte para mi familia, mis padres encararon la búsqueda con los medios que tenían al alcance. Son gente sencilla, mi madre maestra, mi padre jubilado como empleado de Correos, en un pueblo chico. Esta desgracia no tiene atenuantes, fue un cambio en sus vidas muy fuerte. Mi padre tuvo que tener tratamiento psicológico por una gran depresión. Mi madre siguió trabajando, atendiendo a su familia, en la medida que pudo. Mi familia ya había recibido numerosos allanamientos e intimidaciones antes de los secuestros de mis hermanas”.

La recordó a Elsa Alicia como una chica  “muy sensible, muy inteligente”, que trabajaba en la maternidad provincial. Con la voz entrecortada, terminó su testimonio y recordó la búsqueda de sus padres.   “A 37 años, trataré de decir algo que hubieran dicho mis padres. Tengo muy claro que si hoy estoy aquí es porque ellos ya no están. Encontré una carta escrita de puño y letra por mi padre. Se dirigía respetuosamente al General Harguindeguy pidiéndole noticias de su hija secuestrada. Le contaba que había jugado numerosas veces al truco con su padre, el Vasco Harguindeguy. Esa carta no nos la mostró a nosotros, pero la envió. Y supe por mi madre que jamás obtuve respuesta”. Citó, por último, un documental de Marié Monique Robin, “Escuadrones de la muerte, la escuela francés” (2003), donde el mismo Harguindeguy dijo que “los hijos de los subversivos no tenían ninguna posibilidad de retornar con sus padres”.

Hoy se suspendió la audiencia en la que debían declarar dos testigos, uno de los cuales falleció recientemente. Se trata de Héctor Daniel Lerner, quien fue secuestrado en abril de 1976 y estuvo detenido en el Departamento de Informaciones de la Policía. El tribunal dictó cuarto intermedio hasta el martes 6 de mayo.

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